De Babel a Pentecostes

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A qué se debe la separación de unos y la reunificación de otros?

“Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos. … Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo: «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto … hay ciudadanos romanos forasteros, cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua». Estaban todos estupefactos y desconcertados, diciéndose unos a otros: «¿Qué será esto?».” (Hechos 2,5–13)

Desde la antigüedad se entendió que Lucas, al insistir sobre el fenómeno de las lenguas, quiso hacernos comprender que en Pentecostés ocurre algo que es la antítesis de lo que sucedió en Babel. El Espíritu transforma la confusión de lenguas de Babel en la nueva armonía de las voces.

Los constructores de Babel no eran impíos que trataban de desafiar a Dios. Eran hombres piadosos y religiosos. La torre que querían construir era un templo a la divinidad, un ziggurat, de los que quedan ruinas en Mesopotamia.

¿Cuál fue entonces su pecado? «Dijeron: “Venid, construyamos una ciudad y una torre, cuya cima toque el cielo, y hagámonos un nombre, para no desperdigarnos sobre toda la tierra”». (Génesis 11,4)

El problema es que pensaban en su propia gloria a través de construir un templo a Dios. Pretendieron hacer de Dios, su instrumento. Pensaban que, ofreciendo sacrificios desde una altura mayor, podrían obtener de Dios victorias sobre otros pueblos. Dios se ve obligado a confundir sus lenguas y frenar su proyecto.

Pasa igual en nuestros tiempos. Cuántos babeles encontramos aun dentro de nuestras parroquias, entre grupos apostólicos y de oración que pretenden servirse de su culto a Dios para hacerse un nombre, para ser más importantes que el de al lado. Y terminan todos por hablar lenguas distintas y, al no entenderse, separarse.

Pasamos ahora a Pentecostés. También vemos un grupo de hombres, los Apóstoles, dispuestos a construir una torre que va desde la tierra al cielo, la Iglesia. En Babel se hablaba todavía una sola lengua y en un cierto momento ya nadie comprende al otro; aquí todos hablan lenguas diferentes, pero todos entienden a los Apóstoles. ¿Por qué?

El Espíritu Santo sopló en ellos, iluminó su mente y estremeció su corazón. Antes de este momento, también los Apóstoles estaban preocupados de hacerse un nombre y por eso discutían con frecuencia «quién de entre ellos era el más grande». Ahora el Espíritu Santo los ha descentrado de sí mismos para centrarse en Cristo. El corazón de piedra se ha convertido en «corazón de carne». (Ezequiel 36,26) Han sido «bautizados en el Espíritu Santo», quedando totalmente inmersos en el océano del amor de Dios derramado sobre ellos. (Cf. Romanos 5,5)

«Los oímos proclamar en nuestras lenguas las grandes maravillas de Dios». Por eso, todos les comprenden: ¡ya no hablan de sí mismos, sino de Dios!

Dios nos llama a realizar en nuestra vida la misma conversión: de nosotros mismos a Dios, desde la pequeña unidad que es nuestra parroquia, nuestro movimiento, nuestra propia Iglesia, a la gran unidad que es la de todo el cuerpo de Cristo, más aún, de toda la humanidad.

Pretender servirse de Dios para hacerse un nombre provoca desencuentros, conflictos y división. Servir a Dios por amor, dejar que el Espíritu sople en nosotros y proclamar sus grandes maravillas, nos permite unirnos en un solo cuerpo, para gloria de Dios.

¡Apasiónate por nuestra fe!

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Noroeste Católico – Junio 2019